17 de agosto de 2011

2 Ash


Luego de asignar las habitaciones, Violet dijo que saliéramos a conocer los alrededores. Nos indicó un camino hacia el oeste que nos conduciría al río.

Cedric y yo nos pusimos en marcha, después de un rato de caminar en silencio escuchamos el correr del agua.

Nos apresuramos y llegamos muy rápido. Junto al río había dos árboles exactamente iguales, uno frente al otro y en línea paralela a la orilla. Genial, este sería nuestro lugar.

Curiosamente en cada lugar en el que vivíamos había un sitio como este. Ya fueran dos rocas, dos troncos caídos. Cualquier cosa. Inmediatamente se convertía en nuestro lugar.

Cedric se sentó bajo el árbol de la izquierda, yo bajo el de la derecha.
- ¿Puedes creerlo?-pregunté
-Lo sé, es impresionante.
-Libertad-dije lentamente, saboreando cada letra.

Probablemente libertad sea una de las cosas que los chicos de 16 años más anhelan, pero en nuestro caso la palabra tenía un significado más profundo.

Toda nuestra vida, Violet nos había obligado a estar solos, nunca dejaba que habláramos con alguien o que entabláramos una relación estrecha porque temía que descubrieran nuestro secreto. Nosotros obedecíamos y siempre había sido así; Cedric y yo solamente.
Tal vez esa sea la razón por la que nos llevábamos tan bien. No éramos como unos gemelos comunes, nosotros nunca peleábamos.
Aunque claro, nada en nosotros era normal.

Miré mi cara en el rostro de mi hermano. El cabello negro tan oscuro como la tinta cayendo sobre unos ojos de un color azul imposible. Sus facciones duras y suaves al mismo tiempo.
Violet decía que éramos tan bellos, tan perfectos que no parecíamos humanos. Pensé en mis ojos. Ella tenía razón, eran atrayentes, salvajes… inhumanos.

Los ojos de Cedric eran azules, idénticos a los de Violet. Mientras que los míos eran una rareza absoluta.
Yo tenía una alteración genética llamada heterocromía. Quiere decir que uno de mis ojos, el izquierdo, era igual a los de mi hermano. Mientras que el derecho era violeta puro, ni lila ni morado claro, sino de un auténtico y brillante violeta oscuro.

Yo llevaba el cabello un poco más largo que Cedric para cubrir mi ojo derecho... mi anormal y notorio ojo derecho.

Comencé a sentir ardor en un punto entre mis omóplatos, como ocurría cada vez que pensaba en cuan diferentes eran mis ojos.
Mi hermano siempre me decía que tenía que dejar de ocultarme tras mi cabello… me ardió aún más, me saqué la camiseta. Cedric se dio cuenta de lo que estaba haciendo.

-Ash, no lo hagas-suplicó.
-Oh vamos, ¿Qué es lo peor que podría pasar?
- ¡Detente!-ordenó
-No-respondí tranquilo.

El ardor se tornó insoportable, sentí que si me contenía más estallaría en llamas, así que cedí.
Brotaron poco a poco de mi espalda, negras y tan oscuras como una noche sin luna ni estrellas. Mis alas.

Mi hermano y yo éramos Nephilim. Hijos de una humana y… un ángel.

-Llegaré antes que tú-le dije a Cedric, retándolo.
-Eso crees –se sacó su playera y dejó a sus alas en libertad. Al contrario que las mías, eran de un blanco puro. Aunque eso no significaba que éramos los típicos gemelos bueno-malo, para nada. Sólo era un color.

Excepto por mis ojos y el color de nuestras alas, éramos idénticos.
Para cualquier persona nos veíamos exactamente iguales, debido a que yo solía cubrir mi ojo derecho y nunca nadie veía nuestras alas.
Lo único que los hacía distinguirnos era nuestro estilo de ropa. La mía cómoda y holgada y la de Cedric más presentable. Aún así Violet algunas veces nos confundía.

Cedric me hizo una señal y remontamos vuelo. Yo siempre había sido más rápido, ya que practicaba mucho más. Pero al parecer Cedric había estado entrenando, porque me ganó.
- ¿Decías? –preguntó burlón. Sonreí.
-Me parece que estamos en problemas-mencioné luego de mirar los nuestros torsos desnudos.
Se escucharon pasos aproximándose.
-¿Chicos?-inquirió Violet con un tono acusador y muy, muy decepcionado.
Cedric me lanzó una mirada, como diciendo que había sido idea mía, lo cual, de hecho, era cierto.
Violet se veía más decepcionada cada segundo.

Al parecer acabábamos de perder nuestra poca libertad.

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